Galería de fotos / Picture Gallery
Otro festival solidario para el recuerdo
EL IDEAL Lunes, 10 de Abril de 2000
Plaza de Toros de Granada. Inauguración de la temporada. Festival a beneficio de la Asociación Síndrome de Down. Gran entrada, con casi lleno en sol y media entrada en sombra en tarde lluviosa. Cinco novillos de Sonia González, uno de Teófilo Segura y otro para rejones de Miranda y Moreno. Los de Sonia González dieron desigual y escaso juego, sobresaliendo por mayor picante y transmisión el lidiado en tercer lugar. El que abrió plaza sólo se dejó por el pitón izquierdo, el lidiado en quinto lugar tuvo peligro y el sexto terminó rajado. El de Teófilo Segura, lidiado en cuarto lugar, sacó casta y el de rejones de Miranda y Moreno tuvo fijeza y bravura. Pesaron por orden de lidia, según el cartel anunciador, 385, 440, 435, 485, 395, 430 y 475 kilos, respectivamente. Luis Francisco Esplá: estoconazo algo trasero y dos descabellos (petición minoritaria de oreja y ovación). Enrique Ponce: estocada corta trasera y perpendicular (una oreja). Juan Serrano 'Finito de Córdoba': gran estocada (dos orejas). Víctor Puerto: gran estocada (dos orejas y petición de rabo). Francisco Rivera Ordóñez: cuatro pinchazos y estocada (aplausos). David Fandila 'El Fandi': pinchazo sin soltar, media tendida y descabello (una oreja). Luis y Antonio Domecq: dos rejones de muerte (dos orejas).
EL TOREO: NATURALEZA Y PERSPECTIVA HISTORICA
por Mario Carrión
Los caballeros, moros y cristianos, durante los ocho siglos de la Guerra de la Reconquista en España, cansados de matarse unos a otros, de cuando en cuando se tomaban un descanso; pero para no aburrirse y también para desahogar sus bríos bélicos competían en la caza de la fauna que en el suelo ibérico vivía. Ciervos y otros inofensivos animales eran fáciles presas; una vez que otra, un oso o un jabato acorralado les ofrecía una leve resistencia, poca para tan esforzados caballeros. Pero la escena cambiaba cada vez que se enfrentaban con el toro de Iberia. Esta bella e impresionante fiera, con una bravura noble sin par, al ser molestada prefería morir matando que huir, convirtiendo su caza en una contienda en la que los más atrevidos guerreros podían alardear de su valor. Quizás un noble, con el alma de empresario, se le ocurrió atrapar vivos a varios cornúpetas, llevarlos a la villa y allí recrear las peripecias de la caza para que los caballeros se lucieran y ganaran la admiración de sus vasallos. Así, en un rincón de la España Medieval, el embrión de lo que hoy es la fiesta nacional española, era engendrado.
La primera corrida histórica aconteció en Verea, Logroño, en 1,133, para celebrar la coronación del Alfonso VIII. De ahí en adelante, la historia menciona muchas ocasiones en que los reyes españoles, para conmemorar acontecimientos importantes, entretenían a sus súbditos con la celebración de espectáculos taurinos. Después de la Reconquista de España del poder musulmán, "la fiesta" se extiende por toda la geografía ibérica, dándoles a los nobles ocasiones de seguir demostrando el valor con que habían vencido a los moros. Incluso el Emperador Carlos V en Valladolid en 1,527, y luego Felipe IV y Carlos II participaron en el alanceamiento de toros en el ruedo. Durante el reinado de Felipe II, escandalizado por la carnicería de esas corridas primitivas, el Papa Pío V prohibió el espectáculo bajo la pena de excomunión, pero el pueblo ignoró el mandato pastoral y continuó disfrutando de su "fiesta", obligando luego al Papa Gregorio VIII a derogar el decreto, siguiendo el consejo de Fray Luis de León:
"...las corridas están en la sangre del pueblo español y no pudieran ser suprimidas sin enfrentar una seria acción".
Con la llegada de la dinastía francesa de lo reyes Borbones a España, la nobleza abandona el ruedo por los placeres de la corte. Como consecuencia, la práctica del toreo fue dejada para el pueblo, que se aferró a él como un símbolo de algo genuinamente español, no afrancesado, como todas las otras costumbres importadas de Versalles por los Borbones. Entonces el toreo se transforma y democratiza; el escudero se convierte en "señor en plaza" -el matador de hoy- y el caballero pasa a desarrollar un papel subordinado -el picador actual- que ayuda al lucimiento de quien era antes su sirviente. La masa, a su manera, hacia una justicia social simbólica, lo que explica como en 1726 aparece rodeado de un halo de popularidad Francisco Romero, el primer torero profesional. A Romero, un hombre rústico y humilde, el pueblo lo convirtió en un ídolo, que hasta hoy en día, se elogia sus proezas legendarias en canciones populares. En los siete tomos enciclopédicos Los Toros de Cossio, la historia más completa de la tauromaquia, se encuentran varios centenares de importantes matadores que siguieron los pasos de Romero. Solo diré que entre todos, un par de ellos cada medio siglo elevaron el toreo a mayores alturas, introduciendo cambios que convirtieron lo que fue un encuentro primitivo y cruel, una cacería medieval, en un depurado arte. Los dos grandes toreros del siglo XVII Pedro Romero y "Costillares" eran ya famosos cuando los Estados Unidos luchaban por su independencia. En el siglo XIX, los toreros renovadores Montes, "Paquiro", "Lagartijo" y "Frascuelo" dieron a la corrida la estructura que tiene en nuestros días. A principio de nuestro siglo aparece "El Guerra", un fenómeno que revolucionó el toreo, allanando el camino para la aparición en los años veinte de "Joselito" y Belmonte, cuya rivalidad produjo la época dorada del toreo. Entonces, aumenta el número de corridas dadas tanto en las temporadas de España como en las temporadas de Francia, Portugal, México, Colombia, Venezuela, Perú , Ecuador y otros países hispanos donde los matadores españoles alternaban con toreros de varias nacionalidades. El mexicano Rodolfo Gaona fue el primer torero hispanoamericano que compitió con gran éxito con las figuras españolas.
Durante la Guerra Civil Española (1936-9) el toreo languidece y estuvo a punto desaparecer en España por falta de toros que habían perecido no en el redondel sino en el matadero para aminorar el hambre de los combatientes. Al terminar la contienda "la fiesta" tiene un renacimiento encabezado por el estilista Manuel Rodríguez "Manolete" quien secundado por el fenómeno mexicano Carlos Arruza y acompañados por Pepe Luis Vásquez, Pepín Martín-Vásquez, Luis Miguel "Domimguín" y "Parritas", entre otros, consiguen los seis años mas brillantes de esta expresión artística, hasta el 1947 cuando "Manolete" deja su vida en las astas de un toro de la legendaria ganadería de Miura en el pueblo andaluz de Linares. Desde entonces coletas de varios estilos han pisado los ruedos de todo el mundo taurino manteniendo el interés de la afición y la curiosidad del turista, tales como "Bienvenida", Julio Aparicio, "Litri", Antonio Ordoñez, César Girón, Manolo Martínez, "El Viti", Paco Camino, "El Cordobés", "Paqirri", ya retirados o fallecidos; y ahora mantienen ese interés "Espataco", Ortega Cano, "Joselito", César Rincón, Manzanares, David Silveti, "Armillita Chico", Enrique Ponce, "Jesulín", "El Cordobés Chico", Pepín Liria, "El Tato", Rivera Ordoñez, Vicente Barrerra y Cristina Sánchez entre los ases de más relieve del momento. Todos han contribuido a convertir la segunda mitad de este siglo en la edad plateada del toreo, ya que las plazas se llenan con aficionados, jóvenes y turistas, dándose más corridas que nunca; pero desde "Manolete" no aparece ese fenómeno al que la afición espera como a un mesías y quien el arte y la técnica renovaría.
Veamos ahora la naturaleza de estas expresión cultural tan netamente hispana. Qué es el toreo? una salvajada? un deporte similar a la caza? una expresión artística parecida al baile?. Ha habido opiniones para todos los gustos, pero la mayoría coinciden en no catalogarlo como un deporte. La traducción al inglés del término "toreo" como "bullfighting", que literalmente significa "pelea con toros", muestra el prejuicio extremo del concepto del toreo fuera dela hispanidado. Una persona tendría que estar loca para pelear con un monstruo de unos quinientos kilos. El objetivo del torero es precisamente lo opuesto: con gracia, elegancia, valor e inteligencia evitar el enfrentamiento. En un deporte lo importante es ganar; el aficionado a un deporte evalúa el resultado en puntos, goles o récords. En el toreo, el resultado es implícito en el triunfo esperado de la inteligencia humana sobre la fuerza bruta. Lo importante para que el aficionado grite un olé, no es que el maestro "gane" sino la manera, la forma, la gracia, el duende, o la gallarda maestría al dar al toro un pase con el capote o la muleta. Los trofeos, como las orejas o vueltas al ruedo, en muchas ocasiones, no significan otra cosa más que la emoción momentánea del público; no es extraño que a veces un torero que durante toda la corrida haya solamente dibujado un artístico quite, sea el verdadero triunfador de la tarde. Como en la pintura , el baile o el cante, la calidad que hizo a ese quite especial no puede describirse; su apreciación es intuítiva y subjetiva.
No obstante, basado en mi experiencia práctica, mis lecturas sobre el sujeto y mi intuición esta es mi definición: el toreo es una especie de ballet dramático con la muerte. Como en la danza, el torero, de una manera artística, tiene que controlar sus movimientos manteniendo el ritmo, no de la música, sino del peligro. En el escenario, un mal paso significaría una interrupción del proceso artístico; en el ruedo, un error podría causar la muerte del autor de este drama. Entre el torero y el toro debería existir siempre una relación basada en la distancia; el arte consiste en la habilidad del diestro de ser él el creador de esta relación, en vez de serlo el toro o la fortuna. El principio para conseguir ese efecto artístico es simple, pero su realización complicada. El toro por instinto natural trata de cornear lo que se mueve; el hombre, firme en la arena, erguido, sin contorcerse y con elegancia debe mover suavemente el capote, o la muleta, de tal manera que el toro lo siga sin llegar a tocarlo y menos aún atraparlo. Al mismo tiempo, para acentuar la sensación de peligro el torero debe dirigir la trayectoria del bruto lo más cerca de su cuerpo a que se atreva, pero no tan cerca que para evitar la cornada tuviera que retirarse bruscamente del animal, rompiendo así el fluido efecto del pase. Refiriéndose a esa fluidez un gran conocido crítico taurino concluía que "cualquiera puede torear si tiene conocimientos técnicos, cualquiera si tiene coraje, pero lo difícil es torear como Belmonte o 'Manolete', como si los toros fueran de cristal y uno tuviera miedo a romperlos".
THE SPANISH FIESTA BRAVA: Historical Perspective and Definition
By Mario Carrión
During the eight centuries of the Spanish War of the Reconquest (711-1492 A.D.), the knights, Moors and Christians, weary of killing one another, would occasionally allow themselves a respite; but in order to avoid boredom, and also to release their pugnacious instincts, they would compete in hunting wild-life existing in the Iberian lands. Deer and other equally docile animals were easy prey, and while a cornered bear or boar would occasionally put up a fight, it was never a challenge for such valiant knights. However, the scenario changed every time they faced the Iberian bull. This beautiful and awe-inspiring beast, with its unique noble bravery would, when provoked, rather die fighting than flee - in essence, transforming the hunt into an avid exchange in which the bravest warriors could bring to light their courage. Perhaps a nobleman with an entrepreneurial spirit thought about capturing several of these horned beasts, taking them to the village, and recreating the thrill of the hunt so that the knights could demonstrate their skill and win the admiration of their subjects. Thus, in a remote corner of Medieval Spain, the beginning of what today is the national Spanish spectacle of bullfighting was created. The first historic bullfight, corrida, took place in Vera, Logroño, in 1133, in honor of the coronation of king Alfonso VIII. From that point on, history is full of instances in which kings organized corridas to commemorate important events and to entertain their guests. After the Spanish War of the Reconquest, the celebration of corridas expanded throughout Spain and became the outlet where the noblemen demonstrated the zeal that allowed them to defeat the Moors. Even the Emperor Charles I in Valladolid in 1527, and later King Philip IV took part in the lancing of bulls in the bullfighting arenas, (such a the Plaza Mayor in Madrid), plazas de toros.
During the reign of King Philip II, Pope Pius V, appalled at the unconscionable carnage of the bullfights, forbade the practice of the corridas. The people, however, ignored the papal decree and continued to relish the fiesta brava, forcing Pope Gregory VIII to recant the decree, following the advice of the writer and mystic Fray Luis de León, who said "the bullfights are in the blood of the Spanish people, and they cannot be stopped without facing grave consequences."
With the arrival of the French Bourbon dynasty in Spain, the nobility gave up the thrill of the arena for the pleasures of the royal court. As a result, bullfighting was left to the plebeians who in turn enthusiasticly took up to its practice, and took it to heart as a symbol of something genuinely Spanish.
Bullfighting was transformed and democratized. The squire, on foot, became the master of the arena, today's matador, and the knight, on horseback, the picador of the present time, undertook the secondary role of helping to show the prowess of the squire who was once his servant. The people, aware of the changing social hierarchy rendered an act of symbolic social justice by allowing Francisco Romero, a man of humble origins, to become the first professional bullfighter of historical significance in 1726. The people transformed Romero from a simple man into a legend whose skills are still praised in popular songs today. In Cossio's five volume encyclopedia, Los Toros, the most complete history of bullfighting, we find many notable characters, who followed in Romero's footsteps; among them Rafael Molina (Lagartijo), Belmonte and Manolete, three outstanding matadors, who elevated the toreo to great heights. Each introduced changes that converted what once was a primitive and cruel encounter, the Medieval hunt, into the skillful art form which is practiced today in the bullfighting arenas of Spain, France, Portugal, and in the Latin American republics of Colombia, Ecuador, Guatemala, Mexico, Panama, Peru and Venezuela.
Let's look at the nature of this cultural expression so innately Spanish. What is bullfighting? Is it barbarism, a sport rooted in the hunt or, an artistic expression similar to the dance? There have been many different opinions, often colored by the cultural background of the person expressing his or her thoughts. However, most Spanish people agree that it should not be considered a sport. Indeed, the translation of the Spanish term torear into the English word bullfighting, shows the prejudicial view of this event in the Anglo world. A person would have to be insane to fight a 1,200 pound beast; the objective of the bullfight is, in fact, the opposite: to avoid a brutal confrontation by using the human attributes of intelligence, grace, and elegance. In a sport, the important thing is to win; the sport fan is satisfied with the accumulation of points, hits, and records. In fullfighting, there is no scorekeeping. Satisfaction is implicit in the expected triumph of human cunning over brute force; a bullfight fun screams olé not because the matador has won, but because of the manner, the form, the grace, the wit, the dexterity of the torero performing a veronica, a natural, or any other pass with the capote or muleta, as the piece of cloth that he holds in his hand is called. The trophies awarded to the bullfighter are often nothing more than the people's momentary show of emotion; it is not unusual for a matador who may have only performed one artful move in the entire event to be the true winner of the day. For just as in painting, singing, or dancing, the quality that made that move special cannot be quantified or described. The appreciation of its worth is intuitive.
Nevertheless, based on my reading on the subject, my practical experience as a matador, and my intuition, I define bullfighting as a type of dramatic ballet dance with death. As he would in dancing, the bullfighter must control his movements maintaining the rhythm, not of music, but of danger. On stage, a faux-pas means an interruption of artistic flow; in the bullfighting arena, a mistake could mean the death of the star of this drama.
Between the bullfighter and the bull there should always be a relationship based on distance. This plastic art form is based on the fact that the matador's dexterity makes him the creator and master of this relationship, instead of allowing the bull a chance to take command. In theory, this artistic event is simple, the difficulty lies in carrying out the task. The bull, by his very nature, attacks everything that moves; the man, unrelenting, standing tall, exhibiting elegance and poise, should move the cape in such a way that the bull will pursue it without ever catching it, and at the same time, in order to enhance the feeling of danger, he should direct the trajectory of the attacking animal as close to his body as he dares. Not so close, however, that in order to avoid being injured or killed, he should have to briskly step aside, because by doing so he will disturb the fluidity of the movement. Referring to this skill, a Spanish critic of this art form once said: "Anyone can bullfight if he knows the technique, anyone who has courage, the difficulty lies in being able to bullfight like Belmonte or Manolete as if the bulls were made of glass and one were afraid to break them."
http://www.portaltaurino.com/index_frames.htm
http://coloquio.com/toros.html
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